¿Te apuntas al Taper?. Sí pero con aceite de oliva

¿Te apuntas al Taper?. Sí pero con aceite de oliva

Al comedor del colegio y la cafetería o el restaurante junto a la oficina les ha salido un duro competidor: el táper, ese viejo aliado del reciclaje gastronómico, ha interrumpido su jubilación precoz en el fondo del armario, ha sido desempolvado y se impone a la hora de la comida como arma defensiva ante la escandalosa subida de precios y la bajada de ayudas.

No es una gran catástrofe para muchos: aún recuerdo las quejas de mis compañeros y las mías propias en el comedor de la escuela de Primaria. Y es que como en casa, no se come en ninguna otra parte. Nunca se cocina a gusto de todos, salvo que seas tú mismo quien tome las riendas de las sartenes. Que el táper se corone moda gastronómica este otoño ofrece la excusa ideal para presumir ante tus compañeros del chef que llevas dentro; y también, de empezar el buen propósito de llevar una dieta saludable, nutritiva, libre de grasas trans y -por qué no- enfocada a eliminar los helados acumulados tras el verano en esos kilitos de más que marca la báscula.

Muchas personas, debido a su horario, apenas disponen de unos minutos de cortesía para comer antes de volver al trabajo, por lo que es necesario vigilar lo que se come de vuelta a la rutina para no engordar ni renunciar a la dosis de energía suficiente para enfrentarse a las jornadas más sedentarias. Si la comida es ligera o se dispone de poco tiempo para comer con tranquilidad, entonces mejor tener a mano un tentempié para reponer fuerzas a media mañana o media tarde y controlar la cantidad de calorías que se debe consumir a diario.

¿Te apuntas a la dieta del táper? Entonces sigue estos sencillos consejos para adelgazar en la oficina sin esfuerzo. Eso sí, tómate como mínimo tus 30 minutos de descanso y evasión para saborear a gusto el tesoro que guarda la tartera, ya que si realizamos una comida rápida de menos de media hora, la sensación de saciedad no llegará al estómago, y no tardaremos en lanzarnos sobre la primera máquina expendedora que se cruce en nuestro camino.

Las ensaladas son el padrenuestro de las dietas. Lechuga, tomate, rúcula (un gran aliado vegetal contra el estrés gracias a su aportación de triptófano, aminoácido clave en la formación de la serotonina), aceitunas, maíz, pimiento, corazones de alcachofa, zanahoria, escarola, pepinillos en vinagre, pepino, apio, brotes de soja… Son los eternos compañeros de campaña en nuestra lucha contra la báscula, hasta el punto de resultarnos tediosa tanta repetición. Pero si sabemos llevar la dieta correctamente e improvisar con el amplio abanico de verduras disponible, nos encontraremos cada día con un plato nuevo y sorprendente, matando de este modo el aburrimiento de comer día sí, día también, la misma menestra de lechuga y tomate. Además de ser un plato único y ligero, si alguna mañana te olvidas de coger la comida porque tienes prisa y llegas tarde, son la opción más económica de los restaurantes o establecimientos de comida para llevar.

A la hora de prepararla, lo mejor es emplear verduras crudas o al vapor, moderar los adherezos y optar por aliños lights que aporten menos calorías y revitalicen la comida con el punto de sabor que le falta. Prueba con unas gotas de limón, aceite de oliva, vinagre de Módena, mostaza, salsa de yogurt, salsa rosa hecha con mayonesa light, orégano o pimienta; y descubre un sabor diferente cada día.

De este modo, una buena ensalada aliñada con aceita de oliva o limón que contenga verduras, huevo duro, atún, sardinas en aceite o taquitos de jamón es de las mejores opciones. Recuerda que no es bueno renunciar a las proteínas, ni siquiera al preparar una ensalada estando o no a dieta, ya que son los ladrillos que recomponen nuestro organismo, se encargan de que funcione el sistema locomotor y componen las hormonas que nos permiten activarnos y las que regulan nuestras funciones corporales de forma coordinada.

Si te aguarda un día muy largo, prueba mezclar la lechuga con alimentos más contundentes, como la pasta o las legumbres, una opción igualmente saludable que te aportará la diferencia calórica que necesitas para poder emplearte a fondo y el suministro de fibra necesario.

En invierno siempre apetece una opción más caliente. Acompaña el humeante caldo de pollo con una mixtura de verduras con judías, coliflor y brócoli, tres ingredientes ricos en antioxidante, vitaminas Ay C, y potasio diurético.

No obstante, también hay días en los que te levantas de la cama con “perecitis” y piensas que bastante logro será llegar al trabajo como para encima ponerse a cocinar a esas horas de la mañana. Si te cuesta ponerte en marcha cuando suena el despertador, apúntate a los platos precocinados de KOT u otras marcas disponibles en tiendas take-away. Con un precio moderado, se preparan en dos minutos al microondas y ofrecen un menú suculentamente variado para innovar y convertir cada comida en un estreno gastronómico: sushi, ensaladas de pasta, arroz tres delicias, tallarines fritos o fideos chinos.

Las verduras contienen un elevado nivel de agua, pero aún así no olvides hidratarte antes, durante y después de la comida hasta tomar el litro y medio de líquido recomendado para reponer los fluidos que segrega nuestro cuerpo. Si el agua te refresca pero su falta de sabor termina cansándote, combínala con zumos naturales, tés o infusiones que estimulan a la vez que aportan los antioxidantes necesarios para cuidar la línea y contribuir a la eliminación de toxinas.

La mejor candidata para el postre es una buena pieza de fruta, una opción ligera que aporta una dosis baja de glucosa. No obstante, someterse a un régimen de vara de hierro y privarse de los caprichos a la larga trae consecuencias nefastas; especialmente para los más golosos, cuando llega un momento en el que no pueden resistirse. Hazte un regalo de vez en cuando y pon el punto y final a tu comida con una mousse de limón baja en calorías o un yogurt desnatado con frutos rojos. Te sentirás más animado cuando retomes la tarea que habías interrumpido.

Aparte de combinar creativamente las verduras para conseguir una ensalada distinta cada día, otra forma sana de autoengañarse y evitar caer en la insalobre monotonía culinaria es emplear recipientes distintos para guardar la comida. Como todo nos entra en primer lugar por los ojos, mermará la sensación de costumbre alimenticia, además de evitar la mezcla de olores y sabores.

Pero todas estas medidas serán inútiles si no seguimos una rutina alimentaria adecuada que incorpore cuatro o cinco comidas diarias con una menor cantidad de alimento, en lugar de ingerir un gran volumen de comida sólo por la mañana, al mediodía y por la noche, e incluso caer en la tentación de ir a trabajar sin haber desayunado o venerar falso mito de saltarse la cena para adelgazar. Luego, saltará la alarma del estómago a medianoche, y llegará un punto en el que no puedas seguir ignorando los rugidos y tiendas una emboscada a la nevera. Para evitarlo, procura no estár más de cuatro horas sin probar bocado, y averigua cuál es el límite de tu fuerza de voluntad sustituyendo la bollería industrial por una pieza de fruta fresca, un yogurt o incluso un puñado de frutos secos, que, pese a ser más calóricos, son necesarios para disminuir los niveles de colesterol.

Fuente: El Economista

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